Siempre he tenido muy en cuenta los dichos populares, y hoy me viene a la mente aquél que decía “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Está claro que no quisimos ver lo que se nos venía encima hasta que nos explotó en la cara, ¡y vaya si nos explotó! Pero esto no es nuevo, parece un denominador común en todos los gobiernos, véase el tema de las pensiones, el déficit público, la saturación judicial, el rescate bancario y sin duda, el atentado de Barcelona.

Hay que preguntarse ante este nuevo fenómeno, no tanto si el gobierno sabía, sino si tenía la obligación de “saber” lo que iba a pasar y si, en definitiva, las cuestiones de interés partidista se pusieron por delante de la salud pública. Sin duda, ésta será una cuestión que tendrán que resolver las instancias judiciales y que mucho dará que hablar en el futuro inmediato. En cualquier caso, la verdadera catástrofe sería no aprender de lo que nos ha pasado. De seguir con la misma inercia, nuestro rumbo nos conduce inequívocamente al desastre. Y con esto, ¿qué quiero decir? Pues que la vida nos ha dado una segunda oportunidad de vivir de otro modo y sólo de nosotros depende aprovecharla, que tenemos por delante una seria y letal advertencia de que debemos vivir de forma diferente, con otros parámetros. Así con todo, hemos aprendido a valorar la familia, que debemos conciliar el horario familiar y el laboral y tantas cosas que se nos han puesto por delante para trascender hacia otro modelo de sociedad. Suicidarse socialmente sería seguir igual, necesitamos con urgencia resetearnos por completo, con un nuevo modelo de gestión social, ético y económico. Este disparate de 450.000 políticos, asesores, y Dios sabe qué, es simple y llanamente inasumible e indecente. Para pagar este dispendio se necesita un verdadero expolio fiscal que solo genera despilfarro y empobrecimiento.

Miren, por ejemplo, la ciudad de Barcelona: en estos años se ha impuesto un nivel de pobreza y desigualdad social nunca visto en democracia, y la respuesta última de nuestro consistorio ha sido una subida sin precedentes de prácticamente todos los impuestos y tasas. Esta es la realidad. Y la verdad es que me duele muchísimo ver el hundimiento de mi ciudad y asistir al esperpéntico paisaje de miles de personas pernoctando en la mismísima calle. Por otro lado, no comparto, en absoluto, el relato económico del todo catastrofista que se está haciendo de este parón en seco de la economía. Es evidente que, ab initio, los datos serán muy preocupantes habida cuenta que la gente vive al día, no hay fondos de resistencia para soportar un cierre del grifo de esta magnitud, por tanto, el estado y sobretodo el BCE deben coadyuvar en la supervivencia del sistema empresarial. Las caídas en V tienen eso, que la recuperación también es muy acelerada. Habrá que decir que sólo se está vendiendo miedo, pánico en dosis intravenosas con el único fin de hacer más manipulable al pueblo. Si algo tengo claro en este momento es que la gente ya no se cree nada de nadie y esto precisamente es el principio del gran cambio que se avecina. Estamos inmersos en una gran olla a presión de consecuencias absolutamente impredecibles, por lo que, no cabe descartar ningún escenario.

En la práctica, cuando pase el confinamiento popular, la gente volverá a recuperar el normal funcionamiento de sus vidas. Así el consumo, los servicios, las actividades deportivas y tantas y tantas opciones que nos ofrece el mercado actual serán puestas en marcha porque simple y llanamente forman parte de nuestra idiosincrasia. Y si algo de lo que ha sucedido ha servido para darnos cuenta que bien gestionados podemos estar en el G7, comenzaremos a reclamar otro tipo de gestión, más basado en los resultados que no en el marketing político del todo improductivo y que nos ha conducido a unos niveles de pobreza del todo impresentables.

Estas últimas semanas hemos asistido al comportamiento ejemplar de la sociedad civil, personal sanitario, policías, cajeras, en fin, un vendaval de solidaridad que nos hace pensar en qué grandes somos cuando funcionamos unidos. Ésta es la mayor prueba de que izquierdas y derechas deben pertenecer al pasado. Debemos apostar por la buena política, la que funciona cuando responde solo al interés de las personas en su conjunto, sin diferenciarnos en nada, porque las ideologías pueden ser varias pero el sentido común es único.

Artículo escrito por Daniel Vosseler en Metropoli Abierta